Público-privado

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Contratos de subordinación

Pateman tenía razón

Sí. Carole Pateman y muchas otras investigadoras y activistas más. La división público-privado no es una característica biológica y no vino de la mano de la selección natural darwinista. Tampoco es algo consustancial a las formas en las que nos organizamos políticamente. Es una construcción histórica que ha funcionado como elemento jerarquizante en las sociedades. Y cómo tal, su permanencia en el presente debe ser analizada desde esa perspectiva: es un mecanismo que crea desigualdad de oportunidades políticas y sociales.

Créditos de la foto: classic film via Visual Hunt / CC-BY-NC

Como Pateman, creo que la historia del contrato social es un relato de la creación del espacio público como lugar de las libertades civiles. Lo privado, por el contrario, ha quedado definido en el contrato social fundamentalmente como el espacio que no tendría relevancia política. Se selló esta definición con un contrato sexual en el que las mujeres funcionaban como trabajadoras esclavas de los hombres.

En el marco de la relación público-privado, ¿cómo fue el proceso por el cual se expulsó de lo político a aquellos sujetos y a aquellas actividades que quedaban fuera del marco de acción de los poderes blancos, masculinos y heterosexuales?

Brujas y guardianas

La Caza de Brujas de los siglos XVI y XVII es uno de los episodios más terroríficos de violencia sexual contra las mujeres de toda la historia. Es necesario viajar a ese remoto pasado objeto de tantas fantasías para dilucidar cómo se produjo en realidad la expulsión de aquellas actividades cotidianas protagonizadas por las mujeres y otros sujetos no propietarios de la esfera de lo económico, de lo productivo. En efecto, fue entonces cuando lo reproductivo quedó subordinado a las necesidades de la producción. Y la Caza de Brujas fue precisamente uno de los métodos de subordinación utilizados.

La Caza de Brujas, además de traer consigo un amplio despliegue discursivo en torno al sexo y a la transformación de la sexualidad femenina, fue un servicio de censura y represión femenina. No era una proposición de alternativa social. Fue una toma del poder orquestada mediante el control sexual.

Como dice la historiadora italiana Silvia Federici en Caliban y la bruja (2011):

Fue una acumulación de diferencias y divisiones dentro de la clase trabajadora, en la cual las jerarquías construidas a partir del género, así como las de raza y edad, se hicieron constitutivas de la dominación de clase.

Se puso así la primera piedra para la desvinculación de lo privado —y de aquellos sujetos que lo representaban— de las decisiones políticas, económicas y sociales. En gran medida ese sistema todavía sigue vigente en la actualidad. Sin embargo, hay maneras de revertir esta imposición política.

Deshacer el binomio público-privado

Sófocles y Antígona. Y junto a ellos, Creonte, Polinices e incluso Edipo, padre de Antígona. Nombres sin los cuales no se puede entender ni el teatro, ni la composición familiar occidental: eso que llamamos parentesco. Antígona enterró a su hermano Polinices en Tebas a pesar de que Creonte se lo había prohibido. Se enfrentó de manera consciente y deliberada a esa prohibición. Fue condenada y ejecutada por no cumplir la legalidad civil de Tebas.

La proyección en los análisis feministas de la figura de Antígona es enorme. Se ha utilizado a Antígona en la crítica feminista al parentesco y al orden social regulado por el sistema de género y de jerarquización sexual. En esta ocasión la reivindicamos como un elemento de subversión de la norma de género. Antígona se apropia de las capacidades públicas de los hombres al enterrar a su hermano Polinices, revolviéndose así contra dicha norma de género en el mismo momento en el que adquiere capacitación política. Antígona se comporta como un hombre y ello provoca una ruptura de los límites sexuales que sostienen la representación normativa de lo público y que se utilizan para capacitar sexualmente a cada actividad.

Por tanto, al trastocar los límites de la representación del espacio público-privado Antígona adquiere una dimensión política. Subvierte la norma de acceso al espacio público y lo hace adquiriendo plenos poderes. Un proceso similar es el que puede identificarse cuando muchas mujeres hicieron suyo el grito de Kate Millet de “lo personal es político”. O también cuando se introdujo la programación de la radio comercial en los años treinta del siglo XX. La radio introdujo una importante ruptura de fronteras de lo público y lo privado dentro del espacio del hogar al propiciar el encuentro entre locutores y amas de casa, sin que mediara ningún discurso autorreferencial de subversión.

Pero eso ya es otra historia.

Créditos foto principal: tomwardill via Visualhunt /CC-BY-2.0