La banalidad del mal y los violadores de San Fermín

La banalidad del mal y los violadores de San Fermín

Cuando Hannah Arendt escudriñó a Adolf Eichmann a través de aquella jaula de cristal en la que estuvo encerrado durante el famoso proceso que se celebró contra él en 1962 en la ciudad de Jerusalén, la filósofa vio a un hombre extraordinariamente vulgar y anodino. La sorpresa que le hizo acuñar su exitosa teoría de la banalidad del mal fue que no halló ni rastro del sádico con el que había esperado encontrarse. Lo que quiso expresar con esta idea suya tan discutida de la banalidad del mal es que, si se dan las circunstancias adecuadas, nadie está libre de convertirse en un criminal.

Eichmann en Pamplona

No puedo dejar de pensar en el famoso libro que Arendt dedicó al malvado y ordinario Eichmann cuando veo la fotografía de los cinco individuos que, según apuntan todos los indicios, en la madrugada del 7 de julio violaron en Pamplona a una joven de 19 años. Esta imagen apareció publicada en la cuenta de Instagram de uno de los retratados algunas horas antes de que ocurrieran los hechos. Un comentario, que ahora se nos antoja premonitorio, los conminaba a no “abusar de las chavalitas que allí están”. Curiosamente, una de las observaciones que más se repiten entre los comentaristas de esta imagen es aquella de “pues parecen chicos de lo más normales”. Y es cierto. Parecen muy normales (aunque han aflorado otras fotos de uno de estos sujetos, el que responde al nombre-concepto de “Prenda”, y hay que reconocer que algo desviado sí parece).

Banalidad del mal

Créditos de la foto: Instagram via El Español

Pero volvamos a esa foto. El caso es que estos cinco individuos parecen de lo más normales. El primero por la derecha parece hasta majete. A simple vista, creo que lo describiría como el típico pagafantas. El chico “especial” al que cuando se te arriman de madrugada cinco “presuntos” borrachos, te agarras como una lapa para granjearte su amistad, para que te vea un poco más como persona (sólo un poco, sólo lo justo) y frene los pies a sus amigos si la cosa empieza a ponerse fea. Pero no fue éste el caso, por lo visto. Luego nos enteramos de que el pagafantas en cuestión es un guardia civil. Y que además se dedicó a grabar con su móvil toda la escena.

¡Son normales!

Recapitulemos. Cinco chicos de lo más normales. Buenos chicos. Campechanos en un país de campechanos. Haciendo cosas normales que hacen los buenos chicos normales. Ver el fútbol, ver los toros. Como De Gea. Qué ganas de mancillar su reputación, oiga. Que todo el mundo se merece la presunción de inocencia. Presuntos por aquí, presuntos por allá. En fin, normalísimos, le digo.

Y lo peor es que sí, que son normales. En el excepcional libro que la historiadora Joanna Bourke dedica a la figura del violador, esta autora se refiere a las violaciones en grupo, tan frecuentes en determinados contextos, que van desde enfrentamientos bélicos, hasta los campus universitarios (y entre los que podemos incluir también determinadas fiestas populares), como un hito “fundamental en el proceso de establecer vínculos afectivos entre los hombres como hombres”.

La violación puede entenderse así como un instrumento de masculinización, algo que sirve para reafirmar la masculinidad de la figura por antonomasia del patriarcado: el “macho alfa”. Según Bourke

Los perpetradores están, de hecho, compitiendo entre ellos para demostrar una fuerza y una virilidad superior. Se necesita un público para el acto. La película Platoon, de Oliver Stone (1986), lo representaba cinematográficamente cuando Chris Taylor (Charlie Sheen) tropezaba con unos soldados estadounidenses que estaban violando a una mujer vietnamita. Cuando trataba de detenerlos, los violadores se burlaban: «¿Qué eres, un homosexual, Taylor?» La hombría era algo que se negociaba constantemente mediante actos de desempeño sexual. El soldado especialista de tercera clase Arthur E. «Gene» Woodley, Jr., expuso esto de forma muy directa al explicar por qué no había impedido que los hombres que estaban bajo su mando violaran a mujeres: «Yo estaba a cargo de un grupo de animales, y tenía que ser el mayor animal de todos. Dejé que pasaran cosas. Había aprendido a no preocuparme. Y no me preocupaba», reconocía.

Volverse excepcional

En el caso de Pamplona, esta normalidad que impregna los procesos de aculturación del macho ibérico (en este caso, en su variedad “hispalense”) se ve aderezada por la premeditación que al parecer guardó el crimen y la impunidad que creyeron iban a tener los cinco acusados que protagonizan esta foto. Tan impunes se sentían que hasta decidieron grabar sus fechorías.

Lo cierto es que cuando hablamos de banalidad del mal no estamos hablando de que cualquiera pueda convertirse en criminal o de que todos seamos criminales en potencia. De lo que estamos hablando, más bien, es de que el crimen está tan institucionalizado que sólo los seres extraordinarios pueden comportarse de forma ética. Cuando el crimen forma parte de nuestra normalidad, cuando no se cuestiona, que es lo que ocurre con muchos crímenes de género, la moral se convierte en un reducto extraño, insólito, chocante, excepcional. Por eso también la mejor arma que tenemos para hacer frente a estos malhechores es salirnos de la norma.

Créditos imagen principal: Rubens, La violación de Hipódamo via Wikimedia Commons

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