El permiso de maternidad: un debate con historia

El permiso de maternidad: un debate con historia

1919

En la I Conferencia de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), celebrada en Washington en 1919, se acordaron una serie de derechos sociales vinculados a la reproducción y a la crianza. Con el apoyo de cuarenta estados, se recomendó el descanso obligatorio de las mujeres durante las seis semanas posteriores al parto y se estipuló la conveniencia de facilitar también un descanso para las últimas semanas del embarazo. Las trabajadoras conservarían su puesto de trabajo. El espíritu de los acuerdos implicaba que debían ser los estados quienes asumieran el coste económico de estas medidas.

A finales del siglo XIX la legislación liberal española incorporó —bastante a deshora, en comparación con el resto de Europa— medidas encaminadas a la protección social de los trabajadores. Pero las protestas sociales relacionadas con la maternidad tardaron particularmente en articularse. De hecho, nunca fueron parte de las reivindicaciones sistemáticas de los sindicatos. Según Eulalia Vega, ello pudo deberse a la configuración del movimiento obrero español, a su naturaleza vertical y subordinante en lo que se refiere al género1. Así, mientras que en Noruega se regularon entre 1905 y 1915 seguros y subsidios para las madres trabajadoras pagados por el estado, España tardaría toda una década en desarrollar los acuerdos internacionales surgidos al calor del fin de la Primera Guerra Mundial y el inicio de la Revolución Bolchevique. Y al igual que hiciera Italia, contra la recomendación de la OIT, dividió el esfuerzo económico entre el Estado, los patronos y las trabajadoras.

cuerpo-prestaciones Créditos de la foto: State Library and Archives of Florida via VisualHunt / No known copyright restrictions

Diez años más tarde

El 22 de marzo de 1929, Alfonso XIII firmó el Real Decreto que establecía la obligación del seguro de maternidad. Aunque no fue hasta el 1 de octubre de 1931 cuando empezó a desarrollarse y aplicarse la ley. Como dicen Dolores Ruiz-Berdún y Alberto Gomis:

Para gozar de estos beneficios era necesario: que la titular de la libreta estuviera inscrita en el Régimen del Retiro Obrero y al corriente en el pago de las cuotas obligatorias que le hubiesen correspondido en el Seguro de Maternidad, o que probase al menos que tenía derecho a estar inscrita en uno y otro y que no lo estaba por falta del patrono; haber sido reconocida por un médico o una matrona afectos al servicio, al menos una vez dentro de los meses anteriores al parto, y suspender el trabajo en las semanas legales anteriores o posteriores al parto por las que tuviere derecho a indemnización por descanso2.

Y aquí es donde llega la parte graciosa de esta historia. Cuando se aprobó el seguro obligatorio en España las obreras se movilizaron en su contra. La razón es obvia: iban a ser principalmente ellas y sus familias las que soportaran el peso económico de dicha medida. El socialismo, que siguiendo fielmente la tradición revolucionaria sólo aceptaba a la mujer como camarada siempre y cuando ésta «cumpliera en casa»3, no tardó en criticar la respuesta de las obreras. La ideología se impuso a la realidad social y a las necesidades de las mujeres proletarias.

Permisos iguales e intransferibles

Es imposible no acordarse de este episodio cuando una se encuentra con la noticia de la proposición aprobada hace algunas semanas en el Congreso para crear permisos de paternidad y maternidad de dieciséis semanas, 100% remunerados, iguales e intransferibles para ambos progenitores. Varias plataformas feministas han defendido esta propuesta sobre la base de que favorecería ampliamente la igualdad de género puesto que, por un lado, contribuiría a acabar con la discriminación laboral que sufrimos las mujeres (se supone que los empresarios recelan de la predisposición femenina a disfrutar del actual permiso de maternidad) y, por otro lado, conseguiría implicar a la población masculina en el cuidado de los hijos.

Sin embargo, nos da la impresión de que, como ocurriera en 1929, aunque por motivos distintos, esta propuesta ideológicamente bien asentada, se encuentra completamente desconectada de la realidad social de las principales interesadas: las madres. Al igual que entonces, el proceso de toma de decisiones se está articulando de manera completamente vertical, pasando por alto las reclamaciones de las mujeres. Harían falta encuestas que certifiquen el respaldo social de esta medida, pero cualquiera que mire un poco a su alrededor, que se detenga por ejemplo en alguno de los principales foros feministas, se da cuenta de la cantidad de críticas que despierta (véase, por ejemplo, la polémica que se generó cuando la Plataforma Anti-patriarcado compartió la noticia o el riquísimo debate que surgió en los comentarios de este artículo de Píkara Magazine).

Para los que no están queriendo oír lo que estamos diciendo muchas mujeres (no todas, ojo, pero sí demasiadas como para que sea necesario tenernos en cuenta), aquí va un pequeño resumen. Algunas queremos criar. Ya está. Entre trabajar criando en nuestra casa y trabajar detrás de un mostrador, en una fábrica, en un hospital o en una escuela, algunas elegimos trabajar criando. Y queremos que a ese trabajo se le dé social y económicamente el valor que tiene.

Quizás resulte sorprendente que existan mujeres que quieran atender ellas mismas a sus retoños. Para muchas, el motivo obvio es la lactancia, aunque ni es la única causa, ni desde luego es la única razón legítima. Por una vez estaría bien que cesara este constante tutelaje paternalista sobre nuestras decisiones y nuestras razones. Como rezaba el título de otro artículo que publicaba hace poco Píkara en el que hablaba sobre el feminismo africano y decolonial en Francia «Sabemos emanciparnos solas»: «No nos liberen, nosotras nos encargamos».

Mezclando churras con merinas

Es cierto que esta propuesta persigue dos objetivos legítimos: acabar con la discriminación laboral de las mujeres e implicar a los hombres en los cuidados. Pero lo hace de una manera inadecuada, apuntando a un concepto —los permisos de paternidad/maternidad— que sirve a otro propósito y que en ningún caso debería entenderse como llave para corregir problemas endémicos de la sociedad.

Para acabar con la discriminación laboral de las mujeres hay que tratar este asunto como toca: con mano dura hacia los empresarios, con sanciones rigurosas y con una legislación laboral especialmente protectora con las trabajadoras más vulnerables. ¿De verdad alguien cree que igualar los permisos va a establecer una diferencia? Mientras sigan siendo las mujeres las que se cojan excedencias y las que falten al trabajo cuando los niños enfermen, mientras se mantenga en general la ideología machista que impregna al mundo de los negocios, el factor de género seguirá pesando en la decisión de los empresarios. Si no se aborda el problema de manera estructural, se estarán matando moscas a cañonazos.

Por su parte, para implicar a los hombres en los cuidados lo que hay que hacer es, ni más ni menos, que implicar a la sociedad en los cuidados, dignificarlos materialmente como merecen.

cuerpo-prestaciones-congresoCréditos de la foto: Roy Luck / CC BY 2.0

Pero es que además la propuesta concreta que ha llegado al Congreso ni siquiera es coherente con los estudios especializados que se han centrado en los efectos de estos permisos sobre la igualdad de género. La proposición que se ha debatido en nuestro parlamento apuesta por permisos de paternidad y maternidad intransferibles pero, en un alarde de innovación, se ha ninguneado la importancia de complementarlos con un permiso parental que puedan repartirse los progenitores a libre disposición. Éste es el modelo que existe en algunos de los países que se sitúan a la vanguardia de la igualdad (por ejemplo, Suecia, Noruega, Dinamarca, Eslovenia o Islandia). Como señalan los autores de este estudio:

Los incentivos a que el padre utilice su derecho al permiso deben ser compatibles con el hecho de que se deje libertad para que la madre y el padre decidan cómo organizarse a la hora de cuidar de sus hijos pequeños, aun a riesgo de que los cuidados recaigan más sobre la madre. Por ello se debe añadir a los dos anteriores un permiso parental (que se distribuyen la madre y el padre como deseen).

No es un asunto biológico

Frente a esta propuesta se ha reivindicado el derecho de las madres, de las mujeres, a estar con sus hijos como fruto de su condición biológica. Nosotras no estamos particularmente de acuerdo con esta postura. Para empezar, no hay forma fehaciente de demostrar hasta cuándo se necesitan biológicamente un bebé y su madre. Pero aunque la hubiese, esto no nos diría nada sobre las formas en las que una sociedad debe articular los cuidados, y mucho menos sobre los permisos de paternidad/maternidad. A nadie se le escapa que estos permisos no tienen nada de biológicos: su trayectoria histórica es más bien corta y no hace falta decir que biológicamente nuestra especie ha sobrevivido perfectamente sin ellos. Lo cual no implica que algunas sociedades hayan considerado culturalmente beneficioso para su propio desarrollo destinar recursos colectivos a que los progenitores puedan cuidar de sus hijos. Este es, a fin de cuentas, el leitmotiv de estos permisos.

Otra cosa sería señalar la necesidad de cuidar y preservar una función fisiológica básica como pueda ser la lactancia. Igual que reivindicamos el derecho al aborto y gritamos aquello de «nosotras parimos, nosotras decidimos», a muchas nos gustaría también que se nos diera cierta libertad y ciertas garantías para decidir qué hacer con nuestro cuerpo durante esa fase vital relativamente breve que es la lactancia.

Entonces, ¿qué? O por pedir que no quede…

Para no llamarse a engaño cabría señalar que éste no deja de ser un problema de gestión de recursos, como bien anticiparon nuestras precursoras en la década de los veinte. Seguramente si estuviéramos hablando de permisos iguales e intransferibles de dieciocho meses de duración, esta polémica estaría muy matizada. Pero parece ser que nuestros recursos no dan para tanto así que, dada la inmensa casuística que existe en lo que a organización familiar se refiere, ¿no es quizás lo más lógico garantizar que cada familia pueda gestionar su propia porción de tarta como mejor le convenga?

En la estela de los países escandinavos, nosotras defendemos un modelo que recoja tres tipos de permisos: el permiso de paternidad, el permiso de maternidad y un permiso «parental». Los dos primeros permisos tendrían la forma de derechos individuales, por lo que serían intransferibles e inalienables. El subsidio parental, en cambio, se disfrutaría a libre disposición de los progenitores, teniendo las mujeres preferencia de elección en caso de maternidad biológica para garantizar así sus derechos reproductivos. En cuanto al número de semanas, sería necesario tratar de pactarlas con las principales actrices sociales, es decir, las madres. De forma orientativa, nos atreveríamos a apuntar un mínimo de ocho semanas para los permisos de maternidad y paternidad y veinte para el parental. Y de ahí, para arriba. Aunque lo principal, en todo caso, es que se abra un debate social, que se tengan en cuenta las demandas de las mujeres.

No sabemos si así contribuiremos o no a terminar con la discriminación laboral de las mujeres. Lo que sí haremos es apostar por una sociedad y una economía que giren en torno a los cuidados, lo cual constituye una aspiración sistemática de los feminismos de corte ecológico y decrecionista. Ayudaremos también a retrasar la institucionalización de los niños y, consecuentemente, a reforzar los lazos entre los bebés y sus progenitores. Protegeremos, sobre todo, la libre decisión de las mujeres en cuestiones que la afectan muy íntimamente, en su cuerpo, su sexualidad y su anatomía (el parto, el postparto y la lactancia).

Casi cien años después, crucemos los dedos para que alguien nos escuche.

Créditos foto principal: Internet Archive Book Images via VisualHunt / No known copyrights restrictions

 

 

  1. Eulalia VEGA, “Mujeres y asociaciones obreras frente al seguro obligatorio de maternidad durante la II República” en Cristina BORDERÍAS (ed.), Género y políticas del trabajo en la España contemporánea. Barcelona, Icaria, 2007, p. 258
  2. Dolores RUIZ-BERDÚN y Alberto GOMIS, “La matrona y el seguro de maternidad durante la Segunda República”, Matrona Prof, 15 (3), 2014, p 78
  3. Elizabeth A. WOOD, “The Trial of the New Woman. Citizens-in-training in the New Soviet Republic”, en Kathleen CANNING y Sonia O. ROSE (eds.), Gender, Citizenship & Subjetctivities. Oxford, Blackwell, 2002, pp. 98-119
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