Pioneras del feminismo (I): en torno al sufragismo

Pioneras del feminismo (I): en torno al sufragismo

Pensemos una cosa: cuando uno de los factores dinamizadores de una revolución ha sido una revuelta o un motín del pan, es porque había mujeres en la primera línea de la protesta. Así sucedió durante la revolución francesa y la toma de la Bastilla. Pero también, años más tarde, durante la revolución de febrero de 1917 que constituyó el primer estallido de la Revolución Rusa. Así que cuando pensemos en todas las revoluciones liberales y socialistas de los últimos siglos, pensemos en Rousseau, Montesquieu, pensemos en Napoleón, en Marx, en Lenin. Eso sí, desechemos la idea de hombres fornidos luchando por grandes ideales. Pensemos en mujeres de a pie que salían a la calle organizadas y dispuestas a todo por el pan de sus hijos.

Con el liberalismo hemos topado: Inglaterra

En general, el liberalismo que impregnó todo el desarrollo político del siglo XIX marginó a las mujeres. Mujeres pioneras en la reivindicación de sus derechos fueron la francesa Olimpia de Gouges, que escribiría en 1791 la Declaración de Derechos de la Mujer y la Ciudadana, o la inglesa Mary Wollstonecraft, que escribiría su afamada obra Vindicación de los derechos de la mujer. Esta vindicación se centraba principalmente en los derechos económicos y políticos. Reivindicaba también la independencia de la mujer frente a los hombres. En concreto frente a los maridos a los que las mujeres estaban totalmente sometidas física y legalmente, e iba más allá al pedir el acceso igualitario de las mujeres a la educación. Su gran aportación fue plantear si el papel de las mujeres era algo «natural» o era producto de la falta de igualdad.

Fue a mediados del siglo XIX cuando el feminismo empezó a alcanzar una mayor entidad gracias al desarrollo del sufragismo. Puede considerarse la primera movilización política seria que aglutinó a las mujeres como clase social. Aunque el sufragismo fue un movimiento liderado fundamentalmente por las mujeres de la burguesía, siendo uno de sus rostros más conocidos el de Emmeline Pankhurst, quien ya en el siglo XX movilizaría a las sufragistas británicas dentro de un movimiento llamado Unión Social y Política de las Mujeres, en un principio afín al Partido Laborista Independiente, fue una causa que aglutinó a mujeres de todas las clases sociales.

Créditos de la foto: Dominio Público via LSE Library

Uno de los hitos fundamentales que impulsaron el sufragismo en el siglo XIX fue, en Inglaterra, la publicación de El sometimiento de la mujer. Escrito por el filósofo John Stuart Mill y su mujer Harriet Taylor. En él se reivindicó que las mujeres eran individuos libres y que como tal debían tener derecho al voto, entre otras muchas cosas. Este libro se convirtió en gasolina para el sufragismo que ya empezaba a cuajar.

Estados Unidos y el abolicionismo

Mientras, al otro lado del charco, el feminismo también fue cobrando forma. Fue al calor del movimiento abolicionista, en el que se implicaron numerosas mujeres. Esto contribuyó a su movilización y concienciación política. Después de que en 1840 las mujeres antiesclavistas fueran rechazadas de la primera Convención Internacional Antiesclavista, el grupo de mujeres antiesclavistas lideradas por Elizabeth Cady Stanton y Lucretia Mott decidieron convocar una convención para estudiar las condiciones y derechos sociales, civiles y religiosos de la mujer. Esta reunión tendría lugar en 1848 en Seneca Falls. De ella saldría el primer documento colectivo del feminismo contemporáneo. “La Declaración de Sentimientos de Seneca Falls” fue un documento que predica la libertad de las mujeres, su igualdad respecto al hombre y su emancipación como sujeto individual. Y que reivindica, entre otras cosas, el derecho al trabajo y derecho al voto de las mujeres.

Este incipiente movimiento feminista terminó de organizarse después del varapalo de la Decimocuarta y la Decimoquinta Enmiendas a la Constitución estadounidenses, aprobadas tras la Guerra de Secesión entre el año 1868 y 1870. En ellas los derechos de ciudadanía y sufragio se extendían a toda la población estadounidense, independientemente de su raza. Pero el sexo quedaba excluido del texto. Las ambiciones sufragistas fueron defraudadas: el voto de las mujeres quedaba fuera de la ecuación. Entonces fue cuando el sufragismo se separó formalmente del abolicionismo. Se fundaron entonces dos importantes organizaciones sufragistas.

En 1869 se creó la Asociación Nacional pro Sufragio de la Mujer (NAWSA). Con sede en Nueva York, sus fundadoras, Susan B. Anthony y Elizabeth Cady Stanton, se oponían a la Decimoquinta Enmienda. Este grupo solo admitía mujeres. Ese mismo año se fundó también Asociación Americana pro Sufragio de la Mujer (AWSA). Con sede en Boston, mucho menos militante que la anterior, en la que sí se admitían hombres. Siguió teniendo como prioridad el voto de los negros. A finales del siglo ambas asociaciones se fusionarían en la Asociación Nacional Americana por Sufragio de la Mujer.

El clasismo de la NAWSA

En Estados Unidos el sufragismo tuvo un fuerte componente clasista. Las mujeres de la NAWSA eran de clase media y acomodada, blancas, del alto nivel cultural y bien preparadas. Por eso el sufragismo no caló entre las mujeres obreras y socialistas de la misma manera que lo hizo al otro lado del charco. Las mujeres socialistas se asociaron por su cuenta y consiguieron, entre otras cosas, que se celebrara un Día de la Mujer a partir de 1912. Apoyaron el sufragio también desde su afiliación al Partido Socialista de América. Pero a medida que éste fue retirando apoyos y financiación de la campaña sufragista, estas mujeres también fueron perdiendo empuje.

En 1915 en Estados Unidos se formaría un Women’s Party. Estaba liderado por Alice Paul e incorporaría muchas de las tácticas más enérgicas utilizadas por las sufragistas inglesas. Durante la Gran Guerra muchas sufragistas se aliaron con la causa pacifista y se formó otro nuevo partido, el Women’s Peace Party. La NAWSA fue favorable a la guerra. En fin, después de la guerra en 1918 se pusieron en marcha los mecanismos legislativos que acabaron ratificando la Decimonovena Enmienda de la Constitución que aprueba finalmente el sufragio femenino en 1920.

El sufragismo es por tanto la principal tendencia que aglutina al primer feminismo y tiene un desarrollo especialmente significativo en Estados Unidos e Inglaterra. Aunque tiene un desarrollo irregular, es un movimiento compacto y bien caracterizado, con una estructura y una historia propias.

 

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